Enrique Jardiel Poncela llena el Teatro Villamarta
En un principio, el espectador que entraba a la sala a acomodarse se encontró el ambiente ya creado. Unas tiernas candilejas, el sonido de una cajita de música y el olor a teatro del de siempre. Nada podía presagiar que a los pocos minutos los propios personajes iban a hacer su auto-presentación a modo de teatro de entremeses, y que la pro pia historia comenzara con aires frescos de vodevil anglosajón. La historia, por archiconocida, se antoja complicada de ejecutar sin el clasicismo de otros tiempos; pero aquí es necesario hacer mención que la dirección y la escenografía coincidían en uno de los últimos directores de escena que aún creen en el teatro clásico. Con la dificultad de un texto en verso y con la presencia de muchos personajes en busca de autor, aún así la puesta en escena es fresca y viva. Con esta escenografía de vanguardia, se demuestra que a autores como éste, Mihura o Muñoz Seca, lo que hay que hacer es adaptarles a las nuevas tecnologías y olvidarse de usar sus libretos para hacer reír como si estuviéramos aún en pleno siglo XX.
La creación de los personajes estuvo a gran altura, porque la historia de duelos por honor requería que el perfil de cada uno estuviese bien definido. Chete Lera encarna un brigadier de fuerza corporal asentada y creíble en los tonos de voz, con registros diferentes y adaptaciones correctas. Al igual que el resto de profesionales, que tuvieron la lucidez para disfrutar de sus textos a la hora de transmitirlos y de hacer creíbles a personajes sacados del teatro del absurdo.
En estos parámetros los diálogos encadenaban una puesta en escena propia de la España de la posguerra aunque ambientada en tiempos de Cánovas y Sagasta. El verso como base servía de acompañamiento musical sonoro y los diferentes recursos realzaban la fuerza de la interpretación. Además del dominio del texto en la construcción dramática, prevalecía la ironía y la sorpresa en la comicidad del lenguaje antes que en las escenas de intriga siempre presentes en este autor. Porque hay que destacar que durante la obra hemos disfrutado de un auténtico tratado de recursos actorales y de técnicas teatrales. A destacar una iluminación variada y rica, nada rácana en los estados de ánimo y con múltiples combinaciones cenitales, laterales y espaciales. Geniales los rompimientos y los números musicales. Muy conseguidos guiños al teatro de sombras y las luces chinescas. De libro y bien ejecutados los enfriamientos puntuales donde los mimos y la expresión corporal creaban admiración, y muy elegantes los 'apartes' invisibles sin cambiar decorados. A mencionar también el ingenioso protagonismo de toda la utilería, de los tapizados de los sillones, de la viveza de los tules, y de la segunda intención de las telas a modo de paisajes emocionales.
Cuando la profesionalidad se ofrece aderezada con dominio de las técnicas teatrales el resultado acaba por ser digno. Así, actores y equipo técnico demuestran como hacer teatro. Sobre todo, cuando se dejan entrever muchas horas de trabajo y muchas ganas de no dejar nada en el tintero. Al menos las cuartillas que Jardiel Poncela llenaba de tinta en cualquier mesa del café Gijón, aún perduran, a pesar de la dificultad de libretos como ese en un mundo como éste.
Autor: E. Jardiel Poncela. Dirección y escenografía: J.C. Pérez de la Fuente. Reparto principal: Chete Lera, J. Dicenta, S. Mallol, C. Lapausa, L. Perezagua, Z. Eguileor, C. Arévalo, D. Huarte, P. Blázquez, S. Señas, A.del Arco, S.Rivero. Teatro Villamarta. Sábado 29 de enero de 2011
Fuente: Diario de Jerez
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Fotografias cedidas por Marian Mateos Merchante


