"¿Cómo llegar a los 90? Con vino de Jerez"
"No creo que merezca ni haya hecho méritos para una página de este periódico. Lo hago por tu pertenencia a la familia Simó, a mi grandísimo amigo tu tío Manuel Simó y a su mujer Carmen Sáinz-Hermúa." Noventa años cumplidos y aún guarda su enorme sentido del humor, su portentosa memoria y su amor por Carmen, su mujer, la buena de Carmen. Por todas las esquinas de su casa hay fotos de Carmen. Es hombre sencillo, divertido. No le gustan las alharacas y su vida ha sido trabajo y más trabajo. Personaje popular, ¿quién no conoce a Manolito Cabrera?, ¿diría alguien que nos encontramos ante un nonagenario? A simples rasgos, estas son sus sensaciones. Hagamos historia. Todo comenzó de esta manera.
"Nací en la plaza de San Juan, 14. Mi padre era jefe de escritorio, pero hacía de todo en la última bodeguita del censo de Jerez, una bodeguita que estaba en la calle Clavel número 4. 'Juan Ruiz del Río' se llamaba la bodega".
- ¿Cómo llegó usted a la Comunidad de Regantes?
- Empecé por un accidente, por una cosa que se habló que yo no tenía dónde ir y Federico de la Calle Jiménez me dijo: ¿Te importaría venir a echarme una mano? Bueno, pues sí, venga. Total, una cosa accidental, que fue el eje de mi vida porque he estado allí 55 años hasta llegar a ser secretario general de la Comunidad de Regantes, del Sindicato de Riego y del Jurado de Riego. En mi vida yo también he tenido una ilusión literaria que se frustró, porque me tuve que dedicar a trabajar muchísimo para sacar adelante a mi familia, los tuve a todos bien, los eduqué muy bien.
- ¿Sacó adelante a sus hermanos?
- Yo era el mayor con 18 años de siete huérfanos.
- ¿Cómo murió su padre?
- Mi padre era un fumador empedernido y bebía normalmente, como bebían todos los jerezanos, bien, pero sin ser un alcohólico total. En fin, la hambruna de la guerra y todo eso le provocó una tuberculosis y se lo llevó por delante, como a dos hermanas mías porque el primer año de guerra yo no pude atenderles debidamente de comestibles. Ya en el segundo año yo tenía relaciones y hacía muchas cosas, pude llenar la despensa y varió la cosa, pero al principio se me murieron dos hermanas tuberculosas y la falta de alimentación se las llevó por delante.
- Entonces, toda una vida trabajando.
- He trabajado en mi vida de todo. He tenido actividades bodegueras, actividades agrícolas, industriales, corretajes tanto de fincas urbanas como rústicas, representaciones diversas... le he metido mano a todo. Estoy haciéndome un autorrollo, pero no te puedo contar otra cosa que la verdad; he sido un trabajador enorme y cuando me jubilé podía haber seguido trabajando porque mi nombramiento lo permitía. Yo estaba en buenas condiciones físicas y demás pero se empezó a meter la política en la Comunidad de Regantes. Estaba incómodo y me jubilé en junio de 1973.
- ¿Y qué sucedió?
- Cuando me jubilo me confían que yo elija a mi sucesor, cosa que yo he agradecido mucho porque era una señal de reconocimiento a lo que yo pude hacer allí en 55 años. Me hicieron cuatro homenajes, entonces me querían todos; cuando dije que me iba, reconocieron lo que yo había sido. He trabajado de todo, he contratado aquí pimiento morrón, millones de kilos para enviarlos a Norteamérica, he importado remolacha en contra de la opinión del Grupo Remolachero, he traído remolacha holandesa, he sido representante de una firma importantísima de conservas, durante tres años seguidos me dieron el premio de mejor vendedor de semillas en España y el cuarto año me dijeron: 'Mire, se lo sigue usted mereciendo, pero entre sus compañeros de otras provincias y otras regiones hay rumores de que hay favoritismos, no se lo vamos a dar a usted este año'.
- ¿Qué le atraía de la Comunidad?
-Pues mira, cuando yo entré allí fue por hacerle un favor a Federico de la Calle, que me pagó con una remuneración de cien pesetas al mes en aquel tiempo, el 8 de abril de 1932. Yo no conocía nada del riego ¿Qué se puede conocer con diecisiete o dieciocho años? Nada. Y además entonces el riego en Jerez estaba muy desprestigiado. La agricultura aquí era la de los grandes terratenientes, estúpidos, casi analfabetos, poseedores de hectáreas y hectáreas. Regar traía como consecuencia traer mucho más personal porque exige mano de obra más numerosa que la agricultura rutinaria que aquí había. Esa es otra historia larga.
- ¿Qué otras facetas cultivaba?
-He tenido vocaciones literarias y, si en su día las hubiese desarrollado, sin las circunstancias familiares que me obligaron a trabajar como un desaforado, quizás hubiese tenido algún papel en la literatura de España. Fui muy amigo de Perico Pérez Cortés, el poeta, también de Juan Ruiz Peña, conocí a Joaquín Romer y a Juan Sierra, otro poeta de los últimos peldaños del 27 de Sevilla y mi vida podía haber sido así. Escribí en el periódico de Jerez artículos que hoy me avergüenzan, terminaban con dos vivas a Franco... En fin, mi vida podía haber ido por ese camino. También pensé en ser abogado y no pudo ser.
- Noventa años y parece un chaval. ¿Cómo se puede llegar a esa edad?
-¿Cómo he llegado a los noventa? Bebiendo jerez, moderadamente.
- Hábleme de Carmen, su mujer.
-He tenido a mi mujer a mi lado sesenta y ocho años entre noviazgo y matrimonio y mañana (por el pasado miércoles) hace seis meses que la enterré. Tengo una buena memoria, tengo todavía el placer de la lectura, ya no sé como no sea en los cuartos de baño dónde poner libros pero, amigo mío, es que cojo el suplemento de El País y veo tal libro, me voy a Luna Nueva, donde está mi amigo Cristóbal, cojo el libro y lo empiezo a acariciar como si fuese una piel femenina juvenil, hasta que termino comprándolo y trayéndomelo aquí. Tengo ahora veinte libros en cola que no sé si Dios me dará vida para poderlos leer.
- ¿Le cambió mucho la vida tras su fallecimiento?
-Sí, me ha cambiado mucho la vida, porque todo lo que hay en esta casa, todas las cosas me hablan de ella. Comprendo que la he tenido diez años con alzheimer, que es una enfermedad muy dura y al principio fue durísimo porque hemos sido una pareja muy unida. Nos casamos en el 50, porque yo tuve que trabajar para mantener a los míos, pero en cuanto me hice un hombrecito me casé con ella y hemos sido el uno para el otro y el otro para el uno. Celebramos las bodas de plata, de rubí, de oro, y al poco de cumplir los cincuenta años de casados aparecieron las primeras señales del alzheimer y la he tenido en esta butaca diez años cuidándola, atendiéndola. Los dos estábamos muy compenetrados; ella, conocedora de todos mis gustos, era una gran ama de casa en todos los aspectos y con 68 años juntos todo son recuerdos.
- ¿Cómo ha visto los cambios de la ciudad, de sus gentes?
- En Jerez había unas diferencias de clases insalvables, se decía que había que ser Domecq o caballo. Dos anécdotas ciertas que te demuestran estas diferencias: los domingos, los zapateros remendones estaban abiertos desde primeras horas del día para terminar el trabajo de reparación de zapatos y que la gente de medio pelo pudiese salir ese día a la calle el que iba a misa o a otro lado. Entonces, los zapateros se emborrachaban el lunes y había una frase en Jerez que cuando un tío bebía vino un lunes le decían: ¡Caramba, como los zapateros! Eso te demuestra lo que era Jerez. Y en la calle Larga, un domingo no había más que señoritos, pero tú salías de allí e ibas por los barrios y aquél era albañil, el otro arrumbador, el otro chófer de garaje de los poquitos coches que había en Jerez. Cada trabajador tenía un vestido propio y se distinguía. El albañil vestía de un blanco amarillento, el arrumbador, una faja negra que le ceñía la cintura y una ropa a rayas, los chóferes de grandes casas llevaban polainas y la gorra de visera. Esas dos muestras te dicen cómo era la sociedad de Jerez. El analfabetismo llegaba creo que al 67 por ciento y las mujeres pobres recibían palizas de sus maridos. El sábado los temían, se veía como la cosa más natural del mundo que el hombre le pegase a la mujer y la mujer lo veía como una cosa que entraba en el patrón de la mujer casada. Esas son las cosas que yo recuerdo.
Fuente: Diario de Jerez
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